Teoría sobre el proceso de creación de sentido en la especie humana se presentará en el Séptimo Congreso Mundial de Terapias Cognitivas y Comportamentales, en Lima, Perú

La Creación de Sentido en el Humano y su Representación Mediante dos Modelos Biosociales de Comunicación Intrapersonal, es el nombre de la presentación que realizará el comunicólogo puertorriqueño Gil F. Burgos como parte del Séptimo Congreso Mundial de Terapias Cognitivas y Comportamentales, a celebrarse del 22 al 25 de julio de 2013 en la ciudad de Lima, Perú.

En la disertación se pretende describir la forma y manera en que el ser humano desarrolla su particular creación de sentido (humanidad) que en el caso de nuestra especie, tiene que ser construida,  ya que,  según el autor, los seres humanos carecemos de instintos. Para esta investigación se tomaron como objeto de estudio los casos de los niños ferales (niños que en sus primeros años de vida tuvieron ausencia o muy limitada interacción con otros seres humanos), específicamente el caso de Oxana Malaya, niña ucraniana que, desde los 3 a los 9 años,  fue criada por una manada de perros. “El perro es canino por instinto y nunca podrá dejar de ser perro. En el caso de Oxana, vemos cómo un humano, ante la ausencia de otros miembros de su especie que le muestren cómo se es humano y, desprovisto de instintos que lo obliguen a una particular y universal humanidad, adquiere las características y comportamiento de sus cuidadores, en este sorprendente caso, una manada de perros”, expresó Gil F. Burgos, autor de la presentación.

Foto Oxana Malaya

A través de la ponencia se presentarán dos modelos biosociales que toman en consideración, tanto al cuerpo, al cerebro  y sus estructuras neuronales; como al entorno, los cuidadores y los objetos culturales con los que el ser humano se relaciona a través de su existencia. El primero de los modelos representa la manera en que nuestra especie genera sentido de las experiencias durante los primeros años de vida, previo a la adquisición de lenguaje. El segundo modelo, refleja el proceso de creación de sentido una vez adquirido el lenguaje, que produce alteraciones, tanto físicas como psicológicas, en el ser humano, cambiando diametralmente la manera en que percibimos nuestra realidad y nos comunicamos con nosotros mismos.

La presentación se llevará a cabo en español, a las 10:00am,  el jueves, 25 de julio de 2013, en el salón Estelar del Hotel Estelar en Miraflores, Lima, Perú.

Foto Gil F. Burgos

Gil F. Burgos posee una maestría en Teoría e Investigación en Comunicación de la Universidad de Puerto Rico Recinto de Río Piedras y se ha desempeñado como publicista por los pasados 25 años. Puede verse más evidencia sobre la ausencia de instintos humanos en: www.comunicacionintrapersonal.com .

Nota: El investigador estará disponible para entrevista desde el 22 hasta el 25 de julio de 2013.

Información del Investigador

Gil F. Burgos, MA

Correo electrónico: gilburgos@hotmail.com

Teléfono celular: Puerto Rico: 787-645-7742

Dirección postal:

PMB 459

200 Ave. Rafael Cordero

Suite 140

Caguas, PR 00725-3757

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Revisión de videos que adscriben instintos al ser humano

Por Gil Burgos.

 

Como prometimos en el artículo, Hacia una definición del instinto, en esta ocasión analizaremos parte de la evidencia fílmica encontrada en You Tube y que, según sus creadores, “demuestra la existencia de instintos en el ser humano”.

Para cumplir nuestro objetivo, citaremos e incluiremos segmentos de los videos para analizarlos a la luz de los planteamientos esbozados en pasados artículos publicados en este Blog. Nuestra propuesta, fundamentada por una revisión documental de la más diversa índole, es que el ser humano  es un organismo carente de instintos.

Comencemos revisando los planteamientos encontrados en un documental televisivo producido por la BBC de Londres. En este se pretende sustentar el instinto humano de supervivencia mediante un experimento que muestra las reacciones de unos bebés ante un sabor extremo, veamos:

En el video, el rechazo a la comida de “mal sabor” es adscrito al instinto de supervivencia. Revisemos esta propuesta.

En primer lugar, entiendo que lo que nos presenta el experimento es un ejercicio para observar la reacción del infante humano a una experiencia gustativa “extrema”. El bebé en cuestión debe contar con alrededor de un año de vida. En este tiempo ya ha experimentado un sinnúmero de sensaciones (qualias) gustativas provistas, principalmente, por su cuidador(es). De esta manera, sí ha aprendido, aunque sin lenguaje, sabores que le causan placer y por los que ha creado un gusto. Ha aprendido, sin palabras, sólo con las sensaciones, que la experiencia gustativa le ha proporcionado y los recuerdos que de ella ha acumulado, que hay cosas que le gustan y hay cosas que no. El sabor que se le da a probar en ese experimento se sale de ese “parámetro placentero” y por ende, la respuesta es una refleja del organismo y no una instintiva. Esto es muy importante ya que el ser humano construye su realidad de manera muy diferente antes de la adquisición del lenguaje que posterior al mismo. Desde esta perspectiva, aunque el narrador plantee que “nadie le enseñó al niño a rechazar la comida de mal sabor” y nadie le explicó al bebé la diferencia entre una comida de buen sabor y una que no lo tiene, de acuerdo con nuestro análisis, si lo aprendió, no con lenguaje, pero sí con experiencias de vida acumuladas antes de este experimento.

Segundo planteamiento, en todos los casos observados en el video, los infantes parecen provenir de un país desarrollado y en ninguno de ellos podemos ver señales de malnutrición. Es decir, podríamos pensar (sin conocer la preparación de los niños anterior al experimento) que al momento del estudio no se encontraban bajo condiciones de hambre extrema.

Pensemos por un momento cual seria la reacción ante la comida “de mal sabor” si fuera la primera experiencia gustativa de un infante. En ausencia de un registro previo de sensaciones gustativas “placenteras” y siendo ese plato “de mal sabor”, según el criterio del experimentador, lo primero que prueba y que satisface su pulsión de hambre, ¿lo rechazaría?

Por otra parte, intentemos pensar cuál sería la reacción del niño que aparece en el siguiente video ante ese mismo plato de comida, ¿lo rechazaría?

Cabe aclarar en este punto que, no debemos confundir los instintos con las pulsiones. Un instinto es una pauta fija de acción genéticamente heredada e imposible de alterar. En cambio, una pulsión constituye una presión orgánica para satisfacer alguna necesidad del organismo humano.

Para rebatir los planteamientos del documental de la BBC, en los que se adscribe el instinto de supervivencia al ser humano, sólo nos bastaría con presentar un caso, de un niño, que ingiera el contenido. Según nuestra opinión, podríamos encontrar a miles de niños que cumplirían con esta condición.

El ser humano, en ausencia  de instintos, se encuentra constantemente influenciado por estas necesidades biológicas o pulsiones. La prominencia de estas pulsiones son mas observables en el infante humano que en el adulto. Esto es, con el crecimiento y la llegada del lenguaje, comienza a adicionarse una estructura cultural con la capacidad de incidir en la respuesta a estas necesidades.

Como planteamos en artículos anteriores, si el instinto de conservación existiera no habría acróbatas de circo, técnicos de rescate, bomberos ni ninguna ocupación en el que el ser humano arriesgue su vida. Mucho menos existirían los suicidas. Estos, a nuestro entender, son los mejores ejemplos de la ausencia de instintos de conservación en la especie humana. Conclusión: el video en cuestión NO demuestra la existencia del instinto humano de supervivencia.

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El apego vs. la ausencia de instintos en el hombre

por: Gil Burgos

Los animales se rigen, en gran parte, por instintos. Es por esto que las arañas de una misma especie tejerán sus telas de la misma manera, no importa en el lugar del mundo en que se encuentren. Hormigas de la misma especie construirán sus hormigueros de igual forma independientemente de su ubicación en el globo terráqueo. Un científico con el suficiente conocimiento podría determinar la especie de la hormiga o de la araña con sólo revisar su hormiguero o la forma de la telaraña. El investigador no tendría necesidad de ver a ninguno de los organismos para determinar a qué especie pertenece el morador. Otro interesante ejemplo es el de los nidos de los pájaros. Estos han mantenido el mismo patrón por milenios. ¿Quién le enseña al pájaro a construir su nido? Nuestra contestación a la pregunta: los instintos.

Según nuestra definición operacional, los instintos son: Pautas fijas de acción que rigen ciertos comportamientos ante determinados estímulos internos y externos, genéticamente heredadas,  ya que, son universales entre los miembros de una misma especie. El instinto obliga, no permite elección.

Esta definición parece explicar el rígido patrón de comportamiento de las especies analizadas anteriormente. El instinto permite a estos organismos una interacción con el entorno partiendo de unas acciones heredadas geneticamente. Estas acciones contribuyen a que el organismo cuente con unas bases para su desarrollo, instrucciones para manejarse en su medio ambiente que no tiene que crear ni aprender, porque siempre estuvieron ahí, vinieron con él.

En una ocasión estuve leyendo un artículo (lo he estado buscando, pero como pasa la gran mayoría de las veces, cuando buscamos algo es cuando no aparece… me comprometo a adjudicar el mérito del artículo al autor tan pronto lo consiga) en el que se planteaba que uno de los resultados de la evolución era lograr mayor libertad en el organismo más evolucionado. Esta aseveración me pareció sumamente interesante, pero más aún lo fue la explicación que lo sostenía.

Comentaba el escrito que si bien es cierto que la vida comenzó en la tierra con el reino vegetal (el único que puede convertir la luz solar en alimento para el inicio de la cadena alimenticia de los seres vivos) el nuevo reino, el animal se caracteriza, entre otras cosas, por un mayor movimiento. Luego de haber surgido las plantas, los primeros animales nadaron, se arrastraron, comenzaron a caminar en múltiples patas, luego fueron más grandes y con mayor movimiento y se levantaron en cuatro patas, mientras, otras especies lograban una mayor movilidad aún y surcaban los cielos. Desde esta mirada podemos pensar la vida como un fenómeno que comenzó en un lugar, en un momento en la historia de nuestro planeta y ha buscado prevalecer tratando de desprenderse de cadenas físicas mediante el logro de mayor movimiento. Todos los animales, en nuestros genes, tenemos algo de planta. Con esto no pretendemos adjudicar propósito inteligente detrás del proceso, simplemente, la evolución ha tomado ese camino debido a toda una complicada serie de interacción de factores de la más diversa índole, a través de millones de años .

Podría plantearse que la evolución también ha tomado otro giro donde el aumento en movimiento ya no es suficiente. Mientras más evolucionado y complejo el animal, comienza a ser más intrincado su aparato neuronal y de procesamiento de información. Es en este punto donde surge el aprendizaje como herramienta para interactuar con el entorno. El que el animal pueda aprender, requiere primero que tenga la capacidad de recepción, registro, almacenamiento y procesamiento de la información. De igual manera, para aprender tenemos que contar con un “¿de quién?”, o sea, el sujeto del que recibimos las experiencias de aprendizaje. Curiosamente, mientras más capacidad tenemos para aprender, menos necesarios aparentan ser los instintos. La ausencia de instintos en ciertas áreas abre el espacio para que pueda ser llenado con aprendizaje. Es como si el cerebro del animal fuera una casa que tuviera una serie de habitaciones amuebladas y otras vacías. Las amuebladas corresponden a acciones del organismo que están predeterminadas por los instintos. En los ejemplos anteriores: la telaraña, el hormiguero o el nido del pájaro. Y otras habitaciones vacías, que el animal llena con su aprendizaje a través de la experiencia.

Si el ser humano tuviera instintos, y siguiendo el ejemplo de la araña, sería como si un hijo de una tejedora, naciera aprendiendo a tejer siendo huérfano y sin nunca haber visto a su madre. Como veremos, en el caso de nuestra especie la cosa es distinta al caso de la araña, que ya nace aprendiendo a tejer.

Hasta donde se sabe, el ser humano es incapaz de transmitir conocimiento a través de sus génes, y por ende, pautas fijas de acción a su prole. Lo que sí podría transmitirle geneticamente a su descendencia son capacidades biológicas particulares. Podríamos pensar que un descendiente de una larga familia de antepasados dedicados a la construcción tuviera, por la particular línea evolutiva de su linaje, más propensión a desarrollar músculos más grandes y fuertes, mientras que en el caso del descendiente de un largo linaje de escribas, podría tener mayor propensión al desarrollo de una vista más aguda y mayor control de los dedos (destrezas de motor fino), lo que resulta imprescindible en el arte de escribir. Sin embargo, ni el primero nacería sabiendo construir casas ni edificios; ni el segundo nacería escribiendo novelas. En nuestra especie, TODO tiene que ser aprendido.

Podría plantearse también que el ser humano nace con una predisposición a apegarse a su cuidador. Esta “predisposición” podría ser considerada por algunos como un instinto humano. Sin embargo, si analizamos bien los propios postulados de la teoría nos daremos cuenta que es todo lo contrario. Veamos.

El desarrollo de la Teoría del Apego y el concepto de vínculo están asociados al psicoanalista británico John Bowlby (1907 – 1990), a quien la Organización Mundial de la Salud (WHO) le encomendó, en 1948, la tarea de investigar las necesidades de los niños sin hogar, huérfanos y separados de sus familias, producto de la Segunda Guerra Mundial. Esta teoría también integró importantes hallazgos provenientes de la etología (estudio del comportamiento en los animales), entre ellos, los estudios con primates no humanos y los del aprendizaje programado (Bowlby, 1976).

Las observaciones de Bowlby sustentaban su teoría de que la formación de una relación cálida entre el niño y su madre es crucial para la supervivencia y desarrollo saludable del menor, “tanto como lo es la provisión de comida, cuidado infantil, la estimulación y la disciplina (Department of Child and Adolescent Health and Development, 2004). Más aún, el investigador propuso que; “los patrones de interacción con los padres son la matriz desde la cual los infantes humanos construyen <modelos de trabajo internos> del sí mismo y de los otros en las relaciones vinculares”, (Repetur & Quezada, 2005).

En términos generales, “el concepto apego alude a la disposición que tiene un niño o una persona mayor para buscar la proximidad y el contacto con un individuo, sobre todo bajo ciertas circunstancias percibidas como adversas.” (Repetur & Quezada, 2005).

La conducta de apego puede manifestarse hacia varios individuos pero de esta, surge un lazo más estrecho aún entre el infante y su cuidador: el vínculo. El vínculo (la literatura inglesa usa el término attachment indistintamente para referirse a vínculo y apego) puede ser definido como un lazo afectivo que una persona o animal forma entre sí mismo y otro, lazo que los junta en el espacio y que perdura en el tiempo (Bowlby, en Repetur & Quezada, 2005). Es decir, el vínculo es una instancia de unión mayor que el apego.

Mary Ainsworth (1979), estudió el vínculo y el apego entre infantes y sus madres. A través de sus investigaciones logró enumerar tres tipos de vínculos que describían las relaciones entre la cría y su cuidador.

En el primero de los grupos tenemos a los infantes seguros (denominados como: Patrón B), en estos se observa un evidente placer del bebé por el contacto físico, ausencia de ansiedad en relación con separaciones breves y un uso inmediato de la madre como una “base segura” para la exploración y el juego. En los episodios de reunión buscan contacto con, proximidad hacia, o al menos interacción con la madre (Ainsworth 1979 en, Repetur & Quezada, 2005).

En el segundo de los grupos  encontramos a los infantes ambivalentes (denominados como: Patrón C). En la casa, estos bebés se observan activamente ansiosos, pero, a menudo, sorprendentemente pasivos. “En condiciones no familiares, estresantes, aparece una preocupación exagerada hacia la madre y su paradero, con la exclusión del interés en el nuevo ambiente. Expresiones elevadas, confusas y prolongadas de ansiedad, y a veces también rabia, continúan durante todo el procedimiento. En La Situación Extraña (experimento realizado en el laboratorio en el que se expone al infante a un extraño en presencia y ausencia de la madre), estos bebés tienden a mostrara signos de ansiedad aún en los episodios de preseparación (Ainsworth, 1797 en, Repetur & Quezada, 2005).

En el tercer grupo encontramos a los infantes evitativos o elusivos (denominados, patrón A). La ” mayoría” de este grupo se caracteriza por ser: ” activamente más ansioso en casa”. Los bebés evitativos, “raramente lloran en los episodios de separación, y en los episodios de reunión evitan a la madre” (Ainsworth 1979 en, Repetur & Quezada, 2005). Ainsworth (1979) planteó como defensivo este comportamiento, por la gran similutud al que se observa en niños separados de sus madres por períodos prolongados de tiempo y que Bowly (1976) denominó como conducta de “desapego”.

Según Repetur & Quezada (2005), Mary Main y Judith Solomon, al revisar un grupo de grabaciones de bebés “inclasificables”, desarrollaron una cuarta categoría, la de infantes desorientados / desorganizados (denominado, patrón D). En este grupo, las reacciones van desde la “ausencia de comportamientos defensivos”, hasta “el uso de conductas más extremas , como la autoagresión o la paralización” (Repetur & Quezada, 2005). Según los investigadores, este comportamiento es más característico de niños severamente descuidados por sus figuras paternas o maltratados.

Se ha llegado a estimar la incidencia de cada patrón de la siguiente manera: La mitad (50%) se clasifican como seguros, un cuarto (25%) cae en la categoría de evitativo, más o menos, el 12% es clasificado como ambivalente y un grupo menor del 10%, se clasifica como desorientado. (Fonagy, 1994 en, Repetur & Quezada, 2005).

Como vemos, el ser humano reacciona de diversa manera a los estímulos. Esto queda evidenciado en las cuatro categorías citadas anteriormente. Es decir, nuestra especie no se adapta a pautas fijas de acción. Es más, una de las cuatro categorías (los infantes desorientados / desorganizados), se caracteriza, precisamente, por la carencia de pautas de acción específicas. Mientras, en la categoría de infantes evitativos o elusivos, se observa un patrón de conducta de “desapego”. ¿Cómo es posible que pueda existir el instinto de apego ante una conducta opuesta?

En nuestra especie, al interaccionar nuestro aparato biológico con el entorno, se producen en el individuo respuestas particulares. Esto puede observarse inclusive en el caso de gemelos idénticos (clones naturales) los cuales pueden muy bien reaccionar de diferente manera a los mismos estímulos. Cada gemelo idéntico posee su propia personalidad. Si el comportamiento fuera heredado, podría esperarse que dos individuos con la misma información genética se comporten de la misma manera. Nada más lejos de la realidad.

En la teoría del apego, entendemos haber encontrado otra evidencia para sostener la ausencia de instintos humanos. Es precisamente la ausencia de instinto la que lleva a los miembros de nuestra especie a “apegarse” a su cuidador. El lector que quiera ver un caso extremo de apego, puede referirse al caso de Oxana Malaya, niña que fue cuidada por unos perros desde los tres a los nueve años. Este interesante caso lo desarrollamos en nuestro artículo, La ausencia de instintos en el hombre (parte 2).

El proceso de la evolución de la vida en este planeta, aparenta dirigirse hacia la libertad de control en los procesos de comportamiento. Si en efecto somos los seres vivos más evolucionados en el planeta (al menos en estructura biológica), podríamos plantear que en el caso de nuestra especie, tenemos una plena libertad de acción gracias, precisamente, a la ausencia de instintos. Entonces, ¿no será mejor considerar “el instinto de apego” como NECESIDAD DE APEGO?

 Bibliografía:

Ainsworth, M.D.(1979). Infant-Mother Attachment. American Psychologist, 34(10): 932-937

Bowlby, J.(1976). Attatchment and Loss, ,volumen II. La Separación Afectiva. Buenos Aires: Editorial Paidós S.A.I.C.F.

Repetur, K. & Quezada A.(2005). Vínculo y Desarrollo Psicológico: La Importancia de las Relaciones Tempranas. Revista Digital Universitaria. Volumen 6 Número 11.

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Hacia una definición del instinto

por: Gil F. Burgos

” El hombre, dicen, es un animal racional. No sé por qué no se haya dicho que es un animal afectivo o sentimental. Y acaso lo que de los demás animales la diferencia sea más el sentimiento que no la razón. Más veces he visto razonar a un gato que no reír o llorar”

Miguel de Unamuno, Del sentimiento trágico de la vida

Esta provocadora cita de Don Miguel de Unamuno nos lleva a analizar una posible nueva dimensión en la forma en que entendemos la naturaleza humana. En los anteriores artículos hemos planteado la ausencia de instintos en el ser humano. Creo que es menester en estos momentos retrotraernos un poco en nuestra discusión para intentar llegar a una definición del concepto instinto que, por un lado ayude a entender nuestros escritos anteriores y por otro, nos permita transitar por un terreno más firme durante el resto de nuestro recorrido.

Cuando comencé a  trabajar con el tema de la comunicación intrapersonal y su relación con los instintos (o la ausencia de ellos), me di cuenta que el concepto es utilizado de manera imprecisa, veamos.

En la edición número 22 del Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, el término instinto aparece con 5 posibles acepciones:

1- Conjunto de pautas de reacción que, en los animales contribuyen a la conservación de la vida del individuo y de la especie.

2- Móvil atribuido a un acto, sentimiento que obedece a una razón profunda sin que se percate de ello quien lo realiza o siente.

3- Facultad que permite valorar o apreciar ciertas cosas.

4- Impulso o movimiento divino, referido a las inspiraciones sobrenaturales.

5- Instigación o sugestión.

Como podemos ver, los significados que adscribe nuestra principal fuente de referencia en el idioma español para el término instinto son contradictorios y oscuros, llegando al punto de “lo divino”. Si miramos las primeras dos definiciones parecería ser que los instintos son actos que provienen de una “razón profunda” y que, en los animales, ayudan a conservar la especie. En ninguno de estos significados se menciona la importante cualidad hereditaria del instinto y por consiguiente, su carácter universal para todos los miembros de la misma especie. A nuestro mejor entender, la primera definición representa un efecto más que la descripción del término. El hecho de que , mediante el instinto TODOS los miembros de la misma especie se comporten (instintivamente) de la misma manera ha llevado al convencimiento de que estos “conjuntos de pautas de acción” son transmitidos geneticamente.

Veamos otro ejemplo. Si buscamos la definición de instinto en la reconocida publicación virtual Word Reference (www.wordreference.com), encontraremos las siguientes dos acepciones, a todas luces contradictorias:

1-  Conjunto de pautas de conducta que se transmiten genéticamente que contribuyen a la conservación de la vida del individuo y de la especie (instinto de conservación)

2-  Impulso indeliberado que mueve la voluntad de una persona (actuó por instinto cuando arriesgó su vida por salvar la del niño)

Como mencionamos, estas dos definiciones se contradicen entre sí, ya que, si el ser humano tuviera instinto de conservación, jamás arriesgaría la vida por salvar al niño. El instinto no se lo permitiría.

Para efectos de la presentación de este trabajo necesitaremos una definición de instinto que se ajuste a las observaciones provenientes de nuestros estudios. Pero antes, veamos dos ejemplos de lo que son los instintos en el reino animal.

En el primero de estos el lector tendrá la oportunidad de apreciar la migración anual que realizan más de 200,000 zebras y un millón de ñus (especie de toro de Africa) a través del Río Mara. En este sorprendente video seremos testigos de una escena que se repite todos los años, el cruce de estas especies a través del río infestado por cocodrilos del Nilo. Todos los animales saben lo que va a pasar y ninguno de ellos puede evitarlo, cada especie es gobernada por sus instintos.

En el segundo de los videos veremos el nacimiento de tortugas bebé y cómo éstas, guiadas solamente por sus instintos (recordemos que las tortugas nunca conocen a sus padres), se internan en el agua para iniciar su ciclo de vida. Como notaremos, ninguna se dirige a otro sitio que no sea el mar. Todas están gobernadas por el mismo instinto.

A través de nuestro análisis nos hemos dado cuenta que los instintos poseen ciertas características fundamentales:

1- Son pautas heredadas de comportamiento.

2- Son propios y universales para cada especie. Es decir, todos los miembros de la especie se comportan de la misma manera al enfrentarse al estímulo.

3- Se desencadena ante ciertos estímulos (estímulos índices) que pueden ser internos o externos.

4- Los estímulos índices ponen en marcha estructuras neurosensoriales que provocan: PAUTAS FIJAS DE ACCION

5- La dependencia de la conducta instintiva tiene que ver con el grado de evolución de la especie y especialmente con la duración del período de crianza.

Ante estas características proponemos la siguiente definición operacional para el término instintos:

Instintos- Pautas fijas de acción ante determinados estímulos internos y externos, geneticamente heredadas que rigen ciertas acciones y son universales entre los miembros de una misma especie. El instinto obliga, no permite elección.

No debemos confundir los instintos con los reflejos biológicos vitales, las acciones del organismo para mantener sus órganos funcionando. Por ejemplo, que el corazón lata, que los riñones limpien la sangre o que los pulmones procesen el aire que respiramos son efectos de estos reflejos que, en última instancia, se encargan de mantener en vida al organismo.

Por otra parte, los instintos cumplen una función diferente, al ser pautas de conducta, nos refieren a las acciones del organismo hacia el exterior, hacia la interacción con el entorno mediante el comportamiento. Es aquí donde sostenemos nuestra propuesta de que el ser humano carece de instintos. Este tema lo trabajamos con mayor detenimiento en el escrito: La ausencia de instintos en el hombre (parte 2).

Nuestra propuesta coincide con los planteamientos de Freud, quien entendía que el ser humano, en ausencia de instintos, estaba constantemente influenciado por las pulsiones (más que pautas de conductas heredadas, deseos basados en necesidades y estímulos). Entendemos que el ser humano está sujeto a pulsiones y no a instintos como el resto de los animales.

Una vez establecida nuestra definición operacional para el término instinto, analizaremos aquellos que se le atribuyen a nuestra especie, comenzando por los videos en You Tube. Ya más o menos he realizado el ejercicio y les aseguro que será interesante. Pero eso será en nuestros próximos artículos. Por el momento, los dejo con otra impresionante muestra del instinto animal, la migración de las mariposas monarca de Méjico. Hasta la próxima.

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Participe en nuestra encuesta: ¿Cree que el ser humano tiene instintos?

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Entregada la tesis

Acabo de defender la tesis y aparentemente fue un éxito. Al fin podemos comenzar a develar nuestra mirada a la comunicación intrapersonal. Para guiar nuestro estudio sobre esta instancia de la comunicación humana propondré a los lectores realizar una mirada partiendo de varios supuestos básicos. Una vez planteados estos supuestos pondré en consideración dos modelos de comunicación intrpersonal que nos podrían servir de herramienta en nuestro recorrido. Estos dos modelos fueron la base de nuestra disertación el día de hoy. Sin embargo, vamos con calma para, como dicen en mi pueblo de Yabucoa: no se nos enrede la cosa.

El primero de estos supuestos básicos fue discutido y analizado en nuestro pasado artículo, La ausencia de instintos en el hombre (parte 2). En este escrito proponemos al lector considerar la ausencia de instintos en el hombre. Este planteamiento es importante ya que crea un problema fundamental. Entonces, si no tenemos instintos, ¿cómo podemos funcionar en nuestro entorno? A través de los siguientes artículos trataremos de demostrar que el ser humano, precisamente por carecer de instintos, se ve OBLIGADO a generar su sentido mediante la relación dialéctica con cuatro instancias irreductibles a saber: el aparato biológico, el entorno (y dentro de este), los objetos y el cuidador.

A continuación, como introducción a la instancia del aparato biológico, presento un interesante video producido por Discovery Channel en el que en 3:42, podemos obtener varios conceptos básicos que nos ayuden en nuestra travesía. En el siguiente artículo trabajaremos con más detenimiento la instancia biológica. Por el momento los dejo con, Oda al cerebro:

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La ausencia de instintos en el hombre (parte 2)

por: Gil Burgos

La verdadera cuestión es la de si los instintos son compatibles con la organización social del hombre, con su naturaleza social y con la responsabilidad de este ante sus propios actos. La respuesta es que no son compatibles.

(Revista Cubana de Psicología, 1988)

Luego de haber revisado los planteamientos contenidos en el artículo de la Revista Cubana de Psicología (1988) publicado en nuestro anterior escrito, propongo añadir evidencia adicional que demuestre la ausencia de instintos en el ser humano.

El embrión humano comienza a presentar una rudimentaria estructura neuronal a los 25 días de gestación (Poch, 2001). Desde ahí se inicia un frenético desarrollo de todo lo que es el aparato neuronal. Esto desembocará en la producción de prácticamente todas las neuronas con las que contará el sujeto en el transcurso de su vida.

Considerando que el cerebro humano desarrollado contiene del orden de cien mil millones de neuronas y que prácticamente no se añaden neuronas después del nacimiento, puede calcularse que las neuronas deben generarse en el cerebro a un ritmo promedio de más de 250,000/min.[1]              (Poch, 2001).

El que tengamos casi la totalidad de nuestras neuronas al momento de abandonar el útero materno no significa que nuestro cerebro está maduro al momento de nacer. Nada más lejos de la realidad. El ser humano es -si no el más- uno de los organismos biológicos que más cuidado necesita antes de poder valerse por sí mismo.

Esta situación es consecuencia de la línea evolutiva en la especie humana, sobre todo por nuestra condición de animales bípedos (Marcus, 2009). Para que la hembra primate pudiera caminar en dos patas y evolucionar a la hembra humana, fue necesario que se encogieran los huesos de la pelvis. Como consecuencia, el ser humano próximo a nacer se ve obligado a abandonar el útero materno a los nueve meses de gestación. Si no fuese así, las dimensiones de la cabeza y el cuerpo del niño le impedirían salir. Esto provoca dos situaciones en el recién nacido. La primera es que el cerebro no esté completamente formado al momento del nacimiento. Como mencionamos anteriormente, si lo estuviera, no podría pasar por la cavidad uterina. Lo segundo, y posible consecuencia de lo primero: nacemos con un cerebro increíblemente plástico. Cuando nos referimos a la plasticidad, en realidad nos remitimos a la ausencia de instintos[2].

Ya que el planteamiento que niega la existencia de instintos en el ser humano podría ser polémico para algunos, procedamos a revisar dos de los instintos que con más fervor se adjudican a nuestra especie: el de supervivencia y el materno.

El instinto obliga, no permite elección. Recordemos que es un mandato hacia una conducta o acción específica, preestablecido genéticamente. (Revista Cubana de Psicología, 1988)

Comencemos entonces por el instinto de proteger nuestra vida, conocido como “de supervivencia”. Si este instinto en realidad existiera, no podría haber acróbatas de circo, rescatistas, corredores de carreras y mucho menos existirían suicidas. El ser humano se vería impedido para ejecutar cualquier acción que ponga en peligro su vida. El instinto lo obligaría a utilizar todas sus habilidades y capacidades para conservar su vida y por otra parte, le impediría cualquier acto que atentara contra ella.

El “instinto” materno

Continuemos ahora con el análisis del llamado instinto materno. Podría alegarse que en la hembra humana existe algún tipo de predisposición genética a proteger a su cría, como puede verse en la gran mayoría de los animales. Sin embargo, si esto fuera así, no serían posibles los abortos, ni las madres que venden, maltratan y asesinan a sus hijos. Diariamente podemos ver en los titulares de los medios de comunicación historias que reflejan la ausencia del llamado instinto materno en la especie humana.

Si proseguimos con el análisis exhaustivo de todos los “instintos” que adscribimos a nuestra especie descubriríamos que, en realidad, son conceptos morales, ideales con los que, quizás de una manera inconsciente, intentamos programar nuestra mente haciéndonos creer que existen, conceptos que nos facilitan vivir en sociedad. Abortar un hijo, caminar a través de la cuerda floja, saltar de un avión o ir a la guerra, entre otras, acciones  que aparentemente van en contra de los instintos, parecen provenir más de la interacción dialéctica de nuestro cuerpo con el entorno que de una mera predisposición genéticamente heredada.

Si el ser humano estuviese dotado de instintos, no existirían conceptos como “buena”, ni “mala” madre, ya que todas las madres se comportarían de la misma manera, obligadas por el mismo “instinto materno”. Por otra parte el concepto de “arriesgar la vida” no tendría razón de ser, no nombraría nada debido a que, obligado nuevamente por el instinto de supervivencia, ningún ser humano arriesgaría su vida, por nada. Si tuviéramos instinto de supervivencia, jamás hubiesen existido las guerras. En el instinto no hay elección. Ir en contra del instinto sería como plantearse el escoger que el corazón bombee sangre, o que los pulmones procesen oxígeno, o que podamos escoger apagar el cerebro. Estos no serían planteamientos lógicos. Sencillamente, no son cosas que podemos escoger.

Luego de negar la existencia de instintos en el hombre, nos preguntamos ¿qué le queda entonces para generar sentido a su experiencia de vida? Nuestra propuesta es que cuenta con una asombrosa plasticidad cerebral mayor que la de cualquier ser vivo en el planeta. Analizaremos esta plasticidad cerebral humana desde dos miradas, la primera, cuando se “rompe” el aparato biológico, representado con el caso de Jody Miller a quien a la edad de tres años se le extirpó casi completamente el hemisferio derecho. En este caso el hemisferio izquierdo tuvo que asumir la totalidad del funcionamiento del cuerpo de la niña. Y una segunda mirada cuando la “ruptura” se da en lo sociocultural, esto lo evidenciaremos analizando los casos de los niños ferales.

En el caso de Jody Miller se observaba un descontrol degenerativo de los impulsos eléctricos provenientes de su hemisferio derecho. A consecuencia de esto, Jody experimentaba una gran cantidad de convulsiones que cada vez se hacían más frecuentes afectando significativamente su calidad de vida. Agotadas las demás alternativas de tratamiento médico, se le realizó a la pequeña el procedimiento de remoción del hemisferio afectado, denominado hemisferiotomía[3]. La operación fue realizada con éxito en el Hospital de Johns Hopkins, en 1999.[4]  Sorprendentemente, Jody ya estaba caminando a los diez días de habérsele extirpado su hemisferio. Tomando en cuenta que el hemisferio derecho controla el lado izquierdo, ¿cómo era posible que mantuviera control de ese lado del cuerpo? La explicación podemos encontrarla en la plasticidad del cerebro que puede: “… cambiar de forma, creando nuevas conexiones entre las neuronas para remplazar  las células dañadas”.[5] El hemisferio izquierdo de Jody comenzó a asumir las funciones del hemisferio derecho extirpado, casi inmediatamente después del procedimiento. Queda por ver los efectos que la remoción de su hemisferio derecho pueda tener en sus relaciones interpersonales o en su procesamiento de emociones, ya que es este hemisferio el que mayormente se encarga de estas instancias. Actualmente Jody cuenta con catorce años y hasta el momento, tanto su desarrollo emocional como sus relaciones interpersonales no presentan ninguna disfunción[6]. Esto puede deberse a la edad en que Jody fue sometida al procedimiento quirúrgico.

Como resultado de la operación, podríamos decir que el mensaje recibido por el hemisferio izquierdo de Jody, era que “tenía que asumir las funciones de ambos hemisferios.” Esta “instrucción” fue recibida por el hemisferio izquierdo de Jody, precisamente, en el momento en que las conexiones interneuronales comienzan a desarrollarse con mayor magnitud. Debemos recordar que en el periodo de los tres a los doce años, las neuronas desarrollan la mayor cantidad de conexiones que tendrá el adulto a través de toda su vida, en otras palabras, el cerebro está en pleno proceso de “cocción”.

El otro caso que evidencia la ausencia de instintos y por ende, la plasticidad del cerebro humano (en esta ocasión desde el rompimiento de lo sociocultural), es el de los niños ferales. Estos niños tienen la característica especial de haber crecido sin ningún o con un mínimo de contacto con otros humanos[7].  Se han reportado casos de niños que han sido criados por animales como: perros, osos, lobos o simios. Desde esta perspectiva están desprovistos tanto de la cultura humana[8] como del lenguaje. El resultado, como veremos, es un humano animalizado.

Para tratar de lograr una mayor compresión sobre algunos aspectos de los casos de niños ferales que enunciaremos más adelante, revisemos por un momento cómo se ha llegado a gran parte de los descubrimientos sobre el funcionamiento del cerebro. Paradójicamente, estos descubrimientos se han generado cuando por alguna razón, el cerebro se “rompe”. Por ejemplo, la alta incidencia de traumas físicos en un área específica del cerebro y la posterior observación de que ciertas funciones motoras específicas son afectadas como consecuencia de estos, lleva a los científicos a pensar que es esa particular área afectada del cerebro la que interviene en esa función motora en particular. La similitud de la estructura cerebral entre los humanos, al menos en lo que respecta a la ubicación en el cerebro de sus facultades motoras, hace posible que hoy en día se puedan predecir las funciones psicomotoras que se afectarían si el sujeto sufriera traumas o afecciones en regiones específicas del cerebro.

En el caso de los niños ferales se analiza precisamente otro tipo de “rompimiento”, no del tipo biológico, como en los que se ve envuelto el cerebro cuando recibe un trauma físico, sino un rompimiento con el mismo cuidador humano, y por ende, con todo lo que tiene que ver con la cultura. En otras palabras, podríamos decir que el niño feral atraviesa un rompimiento con lo humano.

En una interesante producción para la televisión, desarrollada por National Geographic, en la que se develan varios casos de niños ferales (Feral Children), encontramos el de Víctor, “el niño salvaje de Aveyron”. Este niño fue descubierto en 1799 y podría ser el caso más documentado de un niño feral. Encontrado en estado salvaje en la región de Saint – Sernin (sur de Francia), a la edad de 11 anos, Víctor nunca pudo aprender el lenguaje y, por ende, no logró adaptarse totalmente a la sociedad humana.

Sorprendentemente, se han registrado casos de niños ferales en la historia más reciente. En 1970, Genie, una niña de trece años fue rescatada de la casa de sus padres en California. Durante sus primeros años de vida vivió confinada en un cuarto pequeño y oscuro, prácticamente sin contacto humano, y aunque tenía 14 años de edad cuando se puso en contacto con el lenguaje, logró algunos progresos. Aprendió con bastante rapidez a producir oraciones cortas, pero su gramática nunca supero las capacidades lingüísticas de un niño de 2 años y medio.Luego de haber sido rescatada, se realizaron múltiples esfuerzos para enseñarle el lenguaje. Se logro un avance moderado con el uso del lenguaje de señas. Aprendió  cierta cantidad de palabras,  sin embargo, nunca se consiguió que las organizara linealmente de una forma coherente (sintaxis).

1990, región de Novaya Blagoveschenna, Ucrania. Oxana Malaya, una niña de ocho años, abandonada por sus padres a la edad aproximada de tres, es rescatada luego de estar conviviendo con una manada de perros salvajes por casi cinco años. En este caso es sorprendente la manera en que esta niña adquirió los movimientos, expresiones (como ladridos y gruñidos) e inclusive la habilidad de correr en cuatro patas. Oxana, llegó al extremo de desarrollar, de una manera particular, el olfato, oído y  vista, sentidos especialmente usados por los perros, precisamente sus “cuidadores” durante estos cinco años. Esta capacidad  humana de ajuste de los órganos sensoriales también se ha visto en otros casos de niños ferales cuidados por animales.

Oxana, al ser rescatada a una edad relativamente temprana (ocho años),  tuvo mayor capacidad de asimilar el proceso de aprendizaje del lenguaje e inclusive de organizar palabras en oraciones completas. Los investigadores argumentan que pudo hablar otra vez  ya que tenía ciertas nociones de lenguaje antes de que fuera abandonada. Aunque la niña pudo desarrollar cierto tipo de utilización del lenguaje, caminar erguida y establecer algún tipo de relaciones humanas, no logró reintegrarse totalmente a la sociedad. Prueba de esto es que en el 2006, se conocía que Oxana, quien ya contaba con la edad de veintitrés años, aún residía en la clínica de Baraboy, fuera de Odessa, ayudando a cuidar las vacas en la granja. Es poco probable que Oxana deje la Institución ya que, según los especialistas que la atienden, carece de las habilidades para sobrevivir en sociedad.

Después de una serie de pruebas cognoscitivas, se concluyó que Oxana tiene la capacidad mental de un niño de seis años. Puede contar pero no sumar. No puede leer o deletrear su nombre correctamente. Tiene dificultades de aprendizaje pero no es autista y todavía conserva algunos rasgos de conducta canina, por ejemplo la tendencia a esconder los objetos tal como hacen los perros con sus huesos.

Extrañamente, en estos casos no solamente se ha visto afectado el comportamiento de la persona. Sentidos como la vista y el olfato han llegado a presentar un mayor desarrollo en los niños ferales que en niños criados con contacto humano. Estas investigaciones evidencian la sorprendente plasticidad[9] del cerebro y del aparato biológico. Es decir, el ser humano tiene la capacidad de adaptarse a la manada y “convertirse” en perro. Sin embargo, el perro no tiene la capacidad de “convertirse” en ser humano.

No obstante lo descrito en los casos anteriores, la plasticidad cerebral humana aparenta tener un periodo específico de tiempo, al menos en lo que a la adquisición del lenguaje se refiere. Según la teoría del período crítico[10] propuesta por Lenneberg (1967: 125-178), el sujeto humano tiene un tiempo determinado para la adquisición del lenguaje, luego del cual, se hace virtualmente imposible aprenderlo. Según esta teoría, en el período de la pubertad el aparato cerebro-sensorial alcanza un período de maduración tal que si el niño no ha aprendido un primer lenguaje, encontrará estas áreas del cerebro comprometidas en otras funciones o eliminadas. Este proceso de maduración mediante ajuste y exclusión de las sinapsis desde los primeros años de vida hasta la pubertad, aparenta ser confirmado por recientes investigaciones.

The new born has about the same number of neurons as an adult, but only 25% of the brain volume has developed. Infant’s brain cells are connected by some 50 trillion synapses. By age 3, the synapses number about 1,000 trillion, many more than will ultimately be present in the adult brain. Beginning at the age 3, synapses are selectively eliminated; by the age 15, they number about 500 trillion, a number that remains relatively stable thereafter. The selective elimination of synapses is an indication of how much the brain is shaped by experience. 

(Halfon, Shulman, Hochstein, 2001)

Como vemos, desde la edad de los tres años hasta la pubertad, el cerebro aparenta realizar una reconfiguración en la que desecha el 50% de las conexiones neuronales (sinapsis). En el caso de los niños ferales, el cerebro, aparentemente se configura para adaptarse a un medio ambiente carente del contacto con otros humanos y por ende, de lenguaje.

Imaginemos que encontramos un cachorro de perro perdido en la calle y lo llevamos a vivir a un apartamento en un piso 12. Durante dos años lo mantenemos allí encerrado, alejado del contacto con otros perros. En este caso, podríamos llegar a la conclusión de que, después de ese periodo de tiempo, si expusiéramos al animal al contacto con otros miembros de su especie, encontraríamos un perro que se comporta como tal. En el caso del humano, la cosa es diferente. Oxana Malaya continuaba comportándose “como perro” tiempo después de haber sido rescatada de su convivencia con ellos.

En los casos de los niños ferales podemos  observar como la plasticidad del cerebro del ser humano llega inclusive al punto de hacer que el sujeto se comporte de una manera o asuma unas actitudes totalmente diferentes a las propias del ser humano.

El Dr. Gary Marcus (2009), profesor de psicología de la Universidad de New York y director del NYU Children Language Center, plantea que la evolución biológica se construye sobre lo que se presenta ante el organismo. En su libro, Kludge,  describe al cerebro como un órgano imperfecto que se adapta torpemente al entorno y a cambios biológicos, remendando y construyendo soluciones “prácticas” para las situaciones a las que se enfrenta. Estas soluciones tipo “parcho” (kluge), en muchas ocasiones no son las más eficientes, sólo tratan de resolver la situación a corto plazo.

Casos como el de Genie, la niña feral, demuestran lo que le sucede al humano cuando se enfrenta a condiciones carentes de relaciones con otros humanos. El aparato biológico está potencialmente apto. Sin embargo, el aparato cerebro – neuronal se ajustará a las condiciones del entorno en que se desarrolle, creando todos los parchos, ajustes y reconfiguraciones que le permitan adaptarse de la manera más práctica posible, no necesariamente la mejor ni la más eficiente (Marcus, 2009).

En resumen, el niño feral constituye, por un lado, un elocuente ejemplo de la influencia del entorno y el cuidador en el desarrollo del individuo. Y por otra parte, de la plasticidad cerebral y los cambios que genera en el sujeto, para adaptarse a condiciones extremas.

En adición pasemos a ver el caso de los gemelos idénticos. En estos, la estructura genética es idéntica y sólo cambian las experiencias de vida, lo que produce dos sujetos biológicamente iguales, pero psicológicamente diferentes. El resultado es que cada uno construye su propia personalidad a través de su particular dialéctica entre su estructura biológica y las experiencias de vida.  En otras palabras gracias a su plasticidad que los aparta de la predeterminación genética.

   El que entendamos que el ser humano carece de instintos y que es por esto, precisamente, que se ve obligado a construir su sentido, hace que emprendamos la búsqueda de las instancias que conspiran para el desarrollo de la comunicación intrapersonal. De esta manera,  lograr un mayor entendimiento del organismo vivo más complejo del universo conocido, el ser humano. De eso se trata este Blog.

Notas:


[1] Autora extrajo esta cita del artículo de Cowan, WM. (1987) Desarrollo del cerebro, Investigación y Ciencia, 68 –82.

[2] Instinto: conjunto de pautas de conducta que se transmiten genéticamente, y que contribuyen a la conservación de la vida del individuo y de la especie. Rescatado del Internet el 20 de octubre de 2010 en: http://www.wordreference.com/definicion/instinto

[3] Hemisferiotomía: proceso quirúrgico en el que se extirpa completamente uno de los hemisferios cerebrales al paciente.

[4] Publicación DOME, del Hospital Johns Hopkins. Vol. 59 #3. abril, 2009. rescatado del Internet el 23 de septiembre de 2010 en:  C:\Documents and Settings\Gil Burgos\My Documents\Tesis\DOME Just Look at Them Now!.mht

[5] Rescatado del Internet el 23 de septiembre de 2010 en: http://www.youtube.com/watch?v=TSu9HGnlMV0&feature=related

[6] Publicación DOME, del Hospital Johns Hopkins. Vol. 59 #3. abril, 2009. rescatado del Internet el 23 de septiembre de 2010 en:  C:\Documents and Settings\Gil Burgos\My Documents\Tesis\DOME Just Look at Them Now!.mht

[7] Para mayor información sobre niños ferales, se puede acceder a la página virtual: www.feralchildren.com

[8] Realizo esta distinción ya que, en el tiempo de convivencia con animales el niño feral desarrolla el comportamiento y aprende de los mismos. Sin embargo, la discusión de si existe una cultura animal prevalece en nuestros días y no es materia de este trabajo.

[9] Por plasticidad queremos significar la ausencia de instintos en el ser humano lo que le permite convertirse tanto en un “lobo”,  “oso”, en un “demonio” o en un “santo”.

[10] El desarrollo del lenguaje depende de la edad y de la condición del niño en el momento del aislamiento, de la
duración e intensidad de la privación de otros factores biológicos como una buena nutrición para el crecimiento del cerebro.

Bibliografía:

Halfon, N.; Shulman, E.; Huchstein, M.  (2005). Brain Development in Early Childhood, en: Readings on The Development of Children.2005. New York.Worth Publishers

Marcus, Garry. (2009). Kluge: The Haphazard Evolution of the Human Mind. NewCork. Houghton Mifflin Harcourt Publishing Company.

Poch, María L. (2001). Neurobiología del desarrollo temprano. En: Contextos educativos: Revista de educación, ISSN 1575-023X, Nº 4, 2001 (Ejemplar dedicado a: Desarrollo cognitivo y educación) , pags. 79-94 .

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La ausencia de instintos en el hombre

Para poder tener una mejor comprensión del proceso de creación de sentido en el ser humano, debemos tener claro que el hombre nace sin instintos. Es precisamente la carencia de instintos la que nos obliga a generar nuestro propio y particular sentido a las experiencias de vida a través de la constante dialéctica entre nuestro organismo y el entorno. A continuación incluyo el enlace a un interesante artículo sobre el tema publicado por la Revista Cubana de Psicología en 1988, pero con gran vigencia en nuestros días;

 http://pepsic.bvsalud.org/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0257-43221988000300002&lng=pt&nrm=iso

En el siguiente artículo pondré a consideración de los lectores un artículo escrito por mí sobre el tema.

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Bienvenidos a la Comunicación Intrapersonal !!!

Si llegaste a este Blog, quiere decir que te interesa el tema de la comunicación intrapersonal, la que se da hacia el interior del sujeto, y que nos refiere al proceso de creación de sentido en el organismo más complejo del universo conocido: el ser humano.

Nuestro acercamiento resultará novedoso para muchos. Para tratar de arrojar luz sobre esta proceso convocaremos las más variadas teorías provenientes de diversas disciplinas como: neurociencia, fisiología, sociología, semiótica, psicología, genética, psicoanálisis y otras, y cómo éstas, puestas en conjunto pueden aclarar nuestro entendimiento sobre la comunicación intrapersonal.

Bienvenidos a este viaje por las fronteras mismas del conocimiento humano.

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