El apego vs. la ausencia de instintos en el hombre

por: Gil Burgos

Los animales se rigen, en gran parte, por instintos. Es por esto que las arañas de una misma especie tejerán sus telas de la misma manera, no importa en el lugar del mundo en que se encuentren. Hormigas de la misma especie construirán sus hormigueros de igual forma independientemente de su ubicación en el globo terráqueo. Un científico con el suficiente conocimiento podría determinar la especie de la hormiga o de la araña con sólo revisar su hormiguero o la forma de la telaraña. El investigador no tendría necesidad de ver a ninguno de los organismos para determinar a qué especie pertenece el morador. Otro interesante ejemplo es el de los nidos de los pájaros. Estos han mantenido el mismo patrón por milenios. ¿Quién le enseña al pájaro a construir su nido? Nuestra contestación a la pregunta: los instintos.

Según nuestra definición operacional, los instintos son: Pautas fijas de acción que rigen ciertos comportamientos ante determinados estímulos internos y externos, genéticamente heredadas,  ya que, son universales entre los miembros de una misma especie. El instinto obliga, no permite elección.

Esta definición parece explicar el rígido patrón de comportamiento de las especies analizadas anteriormente. El instinto permite a estos organismos una interacción con el entorno partiendo de unas acciones heredadas geneticamente. Estas acciones contribuyen a que el organismo cuente con unas bases para su desarrollo, instrucciones para manejarse en su medio ambiente que no tiene que crear ni aprender, porque siempre estuvieron ahí, vinieron con él.

En una ocasión estuve leyendo un artículo (lo he estado buscando, pero como pasa la gran mayoría de las veces, cuando buscamos algo es cuando no aparece… me comprometo a adjudicar el mérito del artículo al autor tan pronto lo consiga) en el que se planteaba que uno de los resultados de la evolución era lograr mayor libertad en el organismo más evolucionado. Esta aseveración me pareció sumamente interesante, pero más aún lo fue la explicación que lo sostenía.

Comentaba el escrito que si bien es cierto que la vida comenzó en la tierra con el reino vegetal (el único que puede convertir la luz solar en alimento para el inicio de la cadena alimenticia de los seres vivos) el nuevo reino, el animal se caracteriza, entre otras cosas, por un mayor movimiento. Luego de haber surgido las plantas, los primeros animales nadaron, se arrastraron, comenzaron a caminar en múltiples patas, luego fueron más grandes y con mayor movimiento y se levantaron en cuatro patas, mientras, otras especies lograban una mayor movilidad aún y surcaban los cielos. Desde esta mirada podemos pensar la vida como un fenómeno que comenzó en un lugar, en un momento en la historia de nuestro planeta y ha buscado prevalecer tratando de desprenderse de cadenas físicas mediante el logro de mayor movimiento. Todos los animales, en nuestros genes, tenemos algo de planta. Con esto no pretendemos adjudicar propósito inteligente detrás del proceso, simplemente, la evolución ha tomado ese camino debido a toda una complicada serie de interacción de factores de la más diversa índole, a través de millones de años .

Podría plantearse que la evolución también ha tomado otro giro donde el aumento en movimiento ya no es suficiente. Mientras más evolucionado y complejo el animal, comienza a ser más intrincado su aparato neuronal y de procesamiento de información. Es en este punto donde surge el aprendizaje como herramienta para interactuar con el entorno. El que el animal pueda aprender, requiere primero que tenga la capacidad de recepción, registro, almacenamiento y procesamiento de la información. De igual manera, para aprender tenemos que contar con un “¿de quién?”, o sea, el sujeto del que recibimos las experiencias de aprendizaje. Curiosamente, mientras más capacidad tenemos para aprender, menos necesarios aparentan ser los instintos. La ausencia de instintos en ciertas áreas abre el espacio para que pueda ser llenado con aprendizaje. Es como si el cerebro del animal fuera una casa que tuviera una serie de habitaciones amuebladas y otras vacías. Las amuebladas corresponden a acciones del organismo que están predeterminadas por los instintos. En los ejemplos anteriores: la telaraña, el hormiguero o el nido del pájaro. Y otras habitaciones vacías, que el animal llena con su aprendizaje a través de la experiencia.

Si el ser humano tuviera instintos, y siguiendo el ejemplo de la araña, sería como si un hijo de una tejedora, naciera aprendiendo a tejer siendo huérfano y sin nunca haber visto a su madre. Como veremos, en el caso de nuestra especie la cosa es distinta al caso de la araña, que ya nace aprendiendo a tejer.

Hasta donde se sabe, el ser humano es incapaz de transmitir conocimiento a través de sus génes, y por ende, pautas fijas de acción a su prole. Lo que sí podría transmitirle geneticamente a su descendencia son capacidades biológicas particulares. Podríamos pensar que un descendiente de una larga familia de antepasados dedicados a la construcción tuviera, por la particular línea evolutiva de su linaje, más propensión a desarrollar músculos más grandes y fuertes, mientras que en el caso del descendiente de un largo linaje de escribas, podría tener mayor propensión al desarrollo de una vista más aguda y mayor control de los dedos (destrezas de motor fino), lo que resulta imprescindible en el arte de escribir. Sin embargo, ni el primero nacería sabiendo construir casas ni edificios; ni el segundo nacería escribiendo novelas. En nuestra especie, TODO tiene que ser aprendido.

Podría plantearse también que el ser humano nace con una predisposición a apegarse a su cuidador. Esta “predisposición” podría ser considerada por algunos como un instinto humano. Sin embargo, si analizamos bien los propios postulados de la teoría nos daremos cuenta que es todo lo contrario. Veamos.

El desarrollo de la Teoría del Apego y el concepto de vínculo están asociados al psicoanalista británico John Bowlby (1907 – 1990), a quien la Organización Mundial de la Salud (WHO) le encomendó, en 1948, la tarea de investigar las necesidades de los niños sin hogar, huérfanos y separados de sus familias, producto de la Segunda Guerra Mundial. Esta teoría también integró importantes hallazgos provenientes de la etología (estudio del comportamiento en los animales), entre ellos, los estudios con primates no humanos y los del aprendizaje programado (Bowlby, 1976).

Las observaciones de Bowlby sustentaban su teoría de que la formación de una relación cálida entre el niño y su madre es crucial para la supervivencia y desarrollo saludable del menor, “tanto como lo es la provisión de comida, cuidado infantil, la estimulación y la disciplina (Department of Child and Adolescent Health and Development, 2004). Más aún, el investigador propuso que; “los patrones de interacción con los padres son la matriz desde la cual los infantes humanos construyen <modelos de trabajo internos> del sí mismo y de los otros en las relaciones vinculares”, (Repetur & Quezada, 2005).

En términos generales, “el concepto apego alude a la disposición que tiene un niño o una persona mayor para buscar la proximidad y el contacto con un individuo, sobre todo bajo ciertas circunstancias percibidas como adversas.” (Repetur & Quezada, 2005).

La conducta de apego puede manifestarse hacia varios individuos pero de esta, surge un lazo más estrecho aún entre el infante y su cuidador: el vínculo. El vínculo (la literatura inglesa usa el término attachment indistintamente para referirse a vínculo y apego) puede ser definido como un lazo afectivo que una persona o animal forma entre sí mismo y otro, lazo que los junta en el espacio y que perdura en el tiempo (Bowlby, en Repetur & Quezada, 2005). Es decir, el vínculo es una instancia de unión mayor que el apego.

Mary Ainsworth (1979), estudió el vínculo y el apego entre infantes y sus madres. A través de sus investigaciones logró enumerar tres tipos de vínculos que describían las relaciones entre la cría y su cuidador.

En el primero de los grupos tenemos a los infantes seguros (denominados como: Patrón B), en estos se observa un evidente placer del bebé por el contacto físico, ausencia de ansiedad en relación con separaciones breves y un uso inmediato de la madre como una “base segura” para la exploración y el juego. En los episodios de reunión buscan contacto con, proximidad hacia, o al menos interacción con la madre (Ainsworth 1979 en, Repetur & Quezada, 2005).

En el segundo de los grupos  encontramos a los infantes ambivalentes (denominados como: Patrón C). En la casa, estos bebés se observan activamente ansiosos, pero, a menudo, sorprendentemente pasivos. “En condiciones no familiares, estresantes, aparece una preocupación exagerada hacia la madre y su paradero, con la exclusión del interés en el nuevo ambiente. Expresiones elevadas, confusas y prolongadas de ansiedad, y a veces también rabia, continúan durante todo el procedimiento. En La Situación Extraña (experimento realizado en el laboratorio en el que se expone al infante a un extraño en presencia y ausencia de la madre), estos bebés tienden a mostrara signos de ansiedad aún en los episodios de preseparación (Ainsworth, 1797 en, Repetur & Quezada, 2005).

En el tercer grupo encontramos a los infantes evitativos o elusivos (denominados, patrón A). La ” mayoría” de este grupo se caracteriza por ser: ” activamente más ansioso en casa”. Los bebés evitativos, “raramente lloran en los episodios de separación, y en los episodios de reunión evitan a la madre” (Ainsworth 1979 en, Repetur & Quezada, 2005). Ainsworth (1979) planteó como defensivo este comportamiento, por la gran similutud al que se observa en niños separados de sus madres por períodos prolongados de tiempo y que Bowly (1976) denominó como conducta de “desapego”.

Según Repetur & Quezada (2005), Mary Main y Judith Solomon, al revisar un grupo de grabaciones de bebés “inclasificables”, desarrollaron una cuarta categoría, la de infantes desorientados / desorganizados (denominado, patrón D). En este grupo, las reacciones van desde la “ausencia de comportamientos defensivos”, hasta “el uso de conductas más extremas , como la autoagresión o la paralización” (Repetur & Quezada, 2005). Según los investigadores, este comportamiento es más característico de niños severamente descuidados por sus figuras paternas o maltratados.

Se ha llegado a estimar la incidencia de cada patrón de la siguiente manera: La mitad (50%) se clasifican como seguros, un cuarto (25%) cae en la categoría de evitativo, más o menos, el 12% es clasificado como ambivalente y un grupo menor del 10%, se clasifica como desorientado. (Fonagy, 1994 en, Repetur & Quezada, 2005).

Como vemos, el ser humano reacciona de diversa manera a los estímulos. Esto queda evidenciado en las cuatro categorías citadas anteriormente. Es decir, nuestra especie no se adapta a pautas fijas de acción. Es más, una de las cuatro categorías (los infantes desorientados / desorganizados), se caracteriza, precisamente, por la carencia de pautas de acción específicas. Mientras, en la categoría de infantes evitativos o elusivos, se observa un patrón de conducta de “desapego”. ¿Cómo es posible que pueda existir el instinto de apego ante una conducta opuesta?

En nuestra especie, al interaccionar nuestro aparato biológico con el entorno, se producen en el individuo respuestas particulares. Esto puede observarse inclusive en el caso de gemelos idénticos (clones naturales) los cuales pueden muy bien reaccionar de diferente manera a los mismos estímulos. Cada gemelo idéntico posee su propia personalidad. Si el comportamiento fuera heredado, podría esperarse que dos individuos con la misma información genética se comporten de la misma manera. Nada más lejos de la realidad.

En la teoría del apego, entendemos haber encontrado otra evidencia para sostener la ausencia de instintos humanos. Es precisamente la ausencia de instinto la que lleva a los miembros de nuestra especie a “apegarse” a su cuidador. El lector que quiera ver un caso extremo de apego, puede referirse al caso de Oxana Malaya, niña que fue cuidada por unos perros desde los tres a los nueve años. Este interesante caso lo desarrollamos en nuestro artículo, La ausencia de instintos en el hombre (parte 2).

El proceso de la evolución de la vida en este planeta, aparenta dirigirse hacia la libertad de control en los procesos de comportamiento. Si en efecto somos los seres vivos más evolucionados en el planeta (al menos en estructura biológica), podríamos plantear que en el caso de nuestra especie, tenemos una plena libertad de acción gracias, precisamente, a la ausencia de instintos. Entonces, ¿no será mejor considerar “el instinto de apego” como NECESIDAD DE APEGO?

 Bibliografía:

Ainsworth, M.D.(1979). Infant-Mother Attachment. American Psychologist, 34(10): 932-937

Bowlby, J.(1976). Attatchment and Loss, ,volumen II. La Separación Afectiva. Buenos Aires: Editorial Paidós S.A.I.C.F.

Repetur, K. & Quezada A.(2005). Vínculo y Desarrollo Psicológico: La Importancia de las Relaciones Tempranas. Revista Digital Universitaria. Volumen 6 Número 11.

Acerca de comunicacionintrapersonal

Mi nombre es Gil Francisco Burgos. Soy publicista con más de 20 años de experiencia. Comencé estudios en Ciencias Naturales y luego pasé a completar un bachillerato en Comunicación Pública. Actualmente poseo una Maestría en Teoría e Investigación en Comunicación de la Escuela de Comunicación, Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras. En mi tesis, La Creación de Sentido en el Ser Humano y su Representación Mediante Dos Modelos Biosociales de Comunicación Intrapersonal Humana, presenté a La Academia el fruto de un estudio de diferentes disciplinas y teorías, que realicé por un periodo de más de 3 años. Para entender la creación de sentido en el ser humano, es necesario lanzar puentes entre las Ciencias Biológicas y las Humanas, dando especial énfasis en las teorías de comunicación. Estas últimas pueden arrojar luz sobre el proceso particular de creación de sentido en nuestra especie, que, al estar compuesto por ideas y pensamientos, es, evidentemente, comunicacional. Y todo esto, enmarcado en un gran hallazgo encontrado a través de nuestras investigaciones y que nos diferencia de las demás especies vivas en el planeta, nuestra ausencia de instintos, tema que desarrollo con más profundidad en mi blog personal: http://comunicacionintrapersonal.com “La verdadera cuestión es la de si los instintos son compatibles con la organización social del hombre, con su naturaleza social y con la responsabilidad de este ante sus propios actos. La respuesta es que no son compatibles.” (Revista Cubana de Psicología, 1988)
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9 respuestas a El apego vs. la ausencia de instintos en el hombre

  1. covalencia dijo:

    Que fascinante ver, cada vez con mayor certeza, que gran parte de lo que equivocadamente catalogabamos como instinto resulta tener su origen, precisamente, en la ausencia de estos. Excelente articulo, contundente!
    Mil felicitaciones y gracias nuevamente por ayudarnos a entender esta realidad!

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